Game of Thrones: The Lion and the Rose (4×02 review)

Recibir una invitación a una boda normalmente siempre supone malas noticias: pastizal por cubierto, ser colocado en la mesa de los niños y por supuesto, hacer el ridículo en el baile. Menos mal que las bodas que nos plantea George “errequeerre” Martin en su Canción de Hielo y Fuego  suelen ser mucho más interesantes. Sobre todo las acontecidas en los Siete Reinos, que últimamente tienen un punto en común algo siniestro.  Aunque personalmente, me sigo quedando con las bodas dothraki.

Pero no es con una boda con lo que comienza este segundo capítulo de la temporada. Todo lo contrario. Stannis Baratheon, a petición de su querida (y mía también) Lady Melisandre, ha decidido ejecutar a unos cuantos infieles adoradores de dioses no verdaderos, entre los que se encuentra su cuñado. Suponemos que a su suegra ya la ejecutó por “infiel” en una hornada anterior. Para colmo, nadie hace caso al pobre caballero de la Cebolla, que no se corta un pelo.

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Al norte, continúan las desventuras de Theon Greyjoy. Despojado de cualquier honor que pudiera quedarle, el heredero de Balon Greyjoy se ha convertido en una especie de mayordomo de Ramsay Snow, hijo bastardo de Roose Bolton. Apodado ahora como Hediondo, a Greyjoy no se le ocurre otra cosa que confesar que los niños Stark siguen vivos. En respuesta, Lord Bolton manda a su hijo bastardo (dándole la oportunidad de ganar oficialmente su apellido) y a Theon en busca de los herederos de Invernalia.

Pero donde mejor se lo están pasando todos es en Desembarco del Rey. Bueno, todos no. Tyrion y su esposa Sansa viven en un sinvivir (valga la redundancia) constante. Cersei ha descubierto el romance que mantiene su hermano enano con Shae, la sirvienta de Sansa. Tyrion, en aras de salvar a la mujer que realmente ama, decide romperle el corazón y mandarla en un barco hasta Pentos. Y todo esto, a las puertas de un enlace vital para mantener la cohesión de la Tierra Med… Poniente.

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En esta ocasión le toca el turno al Rey de los Siete Reinos, Joffrey Baratheon, que está a punto de contraer matrimonio con (la diosa) Margaery Tyrell. Como en todas las bodas, ocurren (incestuosas) discusiones entre hermanos, rencillas familiares entre los abuelos/as de cada familia, y el típico bisexual que hace gestos obscenos al chico mono de la mesa de enfrente delante de su mujer. Pero todo el mundo deja lo que está haciendo cuando el Rey va a recibir sus regalos. Como a cualquier chaval, le encanta la espada de acero valirio que le ha regalado su abuelo. Siempre está el típico tío que te regala un libro. Al tratarse de un muchacho como Joffrey, en vez de poner buena cara ante el regalo de Tyrion, decide hacerlo pedazos con su nueva espada. Yo haría lo mismo, todo el mundo sabe que tengo un kindle.

Ya en la sobremesa, y antes del brindis real, Joffrey va más allá en su intención de humillar a su odiado tío. Ahí es cuando aparecen unos simpaticotes enanos haciendo una representación de la Guerra de los Cinco Reyes. Una vez ha terminado de tocarle bien los cojones a Tyrion (y haberle utilizado de copero), el plácido muchacho corta la tarta nupcial. Tras un copazo de vino, va el muchacho y se atraganta. A lo Bush con una galleta. Lo que parece un pequeño accidente gastronómico, se convierte rápidamente en un envenenamiento en toda regla. Joffrey Baratheon muere en el acto. ¿Quién ha podido envenenar a un chico tan íntegro? ¡El 99% del reino! Pero evidentemente, los invitados a la boda (y el realizador) centran la mirada en el que parece el culpable más probable: Tyrion Lannister.

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Así acaba uno de los mejores capítulos de la serie. Es curioso que se trate de un segundo capítulo de temporada, cuando su composición es más habitual de season premiere o finale. Si el capítulo anterior era simplemente una declaración de intenciones, este conlleva una gran evolución en la historia. Un rival menos, un hombre menos que gobernará Poniente. De momento, son las mujeres las que más méritos están haciendo para ganar el juego de tronos.

P.D: ¿Alguien se ha percatado de que los bardos que espanta Joffrey de su boda lanzándoles monedas, no son otros que el grupo islandés Sigur Ros, interpretando Las lluvias de Castamere”?  Yo tampoco. Lo he tenido que leer y revisar.

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